Ya, en cierto modo, me conocen. Mi nene, el Santi, sin autorización,(atrevido como siempre,) publicó el relato de mis recuerdos. Como se habràn dado cuenta, no nací ayer. Con mi amigo del alma, Häberli, que se me fue hace poco, decíamos que con Benedetti e Idea Vilariño, somos de la sub 20. Por el año en que nacimos. Los espero.Tata

jueves, 3 de marzo de 2011

CLUB DE LECTORES - FRAGMENTO DEL CAPÍTULO 3 DE "CAÍN" DE SARAMAGO



COLABORACIÓN DE ANDAL13


Fragmento del capítulo 3 de “Caín”, de José Saramago.

Editorial Alfaguara, 2010

Traducción de Pilar del Río


“(…) Pronto se vio que las vocaciones de los dos niños no coincidían. Mientras abel prefería la compañía de las ovejas y de los corderos, las alegrías de caín iban todas con las azadas, los bieldos y las hoces, uno destinado a abrirse camino en la pecuaria, otro para singlar en la agricultura. Hay que reconocer que la distribución de la mano de obra doméstica era absolutamente satisfactoria, ya que cubría íntegramente los dos sectores más importantes de la economía de la época. Era voz unánime, entre los vecinos, que aquella familia tenía futuro. E iba a tenerlo, como en poco tiempo se habría de ver, contando siempre con la indispensable ayuda del señor, que para eso está. Desde la más tierna infancia caín y abel habían sido los mejores amigos, a tal punto llegaban que ni hermanos parecían, donde iba uno, el otro iba también, y todo lo hacían de común acuerdo. El señor los quiso, el señor los juntó, así decían en la aldea las madres celosas, y parecía cierto. Hasta que un día el futuro entendió que ya era hora de manifestarse. Abel tenía su ganado, caín su campo, y, como mandaban la tradición y la obligación religiosa, ofrecieron al señor la primicia de su trabajo, quemando abel la delicada carne de un cordero y caín los productos de la tierra, unas cuantas espigas y simientes. Sucedió entonces algo hasta hoy inexplicado. El humo de la carne ofrecida por abel subió recto hasta desaparecer en el espacio infinito, señal de que el señor aceptaba el sacrificio y de que en él se complacía, pero el humo de los vegetales de caín, cultivados con un amor por lo menos igual, no fue lejos, se dispersó allí mismo, a poca altura del suelo, lo que significaba que el señor lo rechazaba sin ninguna contemplación. Inquieto, perplejo, caín le propuso a abel que cambiasen de lugar, pudiera ser que circulara por allí una corriente de aire que causara el contratiempo, y así lo hicieron, pero el resultado fue el mismo. Estaba claro, el señor desdeñaba a caín. Fue entonces cuando se puso de manifiesto el verdadero carácter de abel. En lugar de compadecerse de la tristeza del hermano y consolarlo, se burló de él, y, como si eso fuese poco, se puso a enaltecer su propia persona, proclamándose, ante el atónito y desconcertado caín, un favorito del señor, un elegido de dios. El infeliz caín no tuvo otro remedio que engullir la afrenta y volver al trabajo. La escena se repitió, invariable, durante una semana, siempre un humo que subía, siempre un humo que podía tocarse con la mano y luego se deshacía en el aire. Y siempre la falta de piedad de abel, la jactancia de abel, el desprecio de abel. Un día caín le pidió al hermano que lo acompañara a un valle cercano donde corría la voz de que se escondía una zorra y allí, con sus propias manos, lo mató a golpes con una quijada de burro que había escondido antes en un matorral, o sea, con alevosa premeditación. Fue en ese momento exacto, es decir, retrasada en relación a los acontecimientos, cuando la voz del señor sonó, y no sólo sonó la voz, sino que apareció en persona. Tanto tiempo sin dar noticias, y ahora aquí está, vestido como cuando expulsó del jardín del edén a los infelices padres de estos dos. Tiene en la cabeza la corona triple, en la mano derecha empuña el cetro, un balandrán de rico tejido lo cubre desde la cabeza a los pies. Qué has hecho con tu hermano, preguntó, y caín respondió con otra pregunta, Soy yo acaso el guardaespaldas de mi hermano, Lo has matado, Así es, pero el primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía, Quise ponerte a prueba, Y quién eres para poner a prueba lo que tú mismo has creado, Soy el dueño soberano de todas las cosas, Y de todos los seres, dirás, pero no de mi persona ni de mi libertad, Libertad para matar, Como tú fuiste libre para dejar que matara a abel cuando estaba en tus manos evitarlo, hubiera bastado que durante un momento abandonaras la soberbia de la infalibilidad que compartes con todos los demás dioses, hubiera bastado que por un momento fueses de verdad misericordioso, que aceptases mi ofrenda con humildad, simplemente porque no deberías rechazarla, porque los dioses, y tú como todos los otros, tenéis deberes para con aquellos a quienes decís que habéis creado, Ese discurso es sedicioso, Es posible que lo sea, pero te garantizo que, si yo fuese dios, diría todos los días, Benditos sean los que eligieron la sedición porque de ellos será el reino de la tierra, Sacrilegio, Lo será, pero en cualquier caso nunca mayor que el tuyo, que permitiste que abel muriera, Tú has sido quien lo ha matado, Sí, es verdad, yo fui el brazo ejecutor, pero la sentencia fue dictada por ti, La sangre que está ahí no la derramé yo, caín podía haber elegido entre el bien y el mal, si eligió el mal pagará por eso, Tan ladrón es el que va a la viña como el que se queda vigilando al guarda, dijo caín, Y esa sangre reclama venganza, insistió dios, Si es así, te vengarás al mismo tiempo de una muerte real y de otra que no ha llegado a producirse, Explícate, No te va a gustar lo que vas a oír, Que eso no te importe, habla, Es muy sencillo, maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto, Comprendo lo que quieres decir, pero la muerte está vedada a los dioses, Sí, aunque deberían cargar con todos los crímenes cometidos en su nombre o por su causa, Dios es inocente, todo sería igual si no existiese, Pero yo, porque maté, podré ser matado por cualquier persona que me encuentre, No será así, haré un acuerdo contigo, Un acuerdo con el réprobo, preguntó caín, sin terminar de creerse lo que acababa de oír, Diremos que es un acuerdo de responsabilidad compartida por la muerte de abel, Reconoces entonces tu parte de culpa, La reconozco, pero no se lo digas a nadie, será un secreto entre dios y caín, No es cierto, debo de estar soñando, Con los dioses eso sucede muchas veces, Porque son, como suele decirse, inescrutables vuestros designios, preguntó caín, Esas palabras no las ha pronunciado ningún dios que yo conozca, nunca se nos pasaría por la cabeza decir que nuestros designios son inescrutables, eso es algo inventado por hombres que presumen de tener un trato de tú a tú con la divinidad, Entonces no seré castigado por mi crimen, preguntó caín, Mi parte de culpa no absuelve la tuya, tendrás tu castigo, Cuál, Andarás errante y perdido por el mundo, Siendo así, cualquier persona me podrá matar, No, porque pondré una señal en tu frente, nadie te hará daño, pero, como pago por mi benevolencia, procura tú no hacer daño a nadie, dijo el señor tocando con el dedo índice la frente de caín, donde apareció una pequeña mancha negra, ésta es la señal de tu condenación, añadió el señor, pero es también la señal de que estarás toda la vida bajo mi protección y bajo mi censura, te vigilaré dondequiera que vayas, Lo acepto, dijo caín, No te queda otro remedio, Cuándo comienza mi castigo, Ahora mismo, Puedo despedirme de mis padres, preguntó caín, Eso es cosa tuya, en asuntos de familia no me meto, pero seguramente querrán saber dónde está abel, y supongo que no les vas a decir que lo has matado, No, No, qué, No me despediré de mis padres, Entonces, vete. No había nada más que decir. El señor desapareció antes de que caín hubiera dado el primer paso. La cara de abel estaba ya cubierta de moscas, había moscas en sus ojos abiertos, moscas en la comisura de los labios, moscas en las heridas que había sufrido en las manos cuando las levantaba para protegerse de los golpes. Pobre abel, al que dios había engañado. El señor hizo una pésima elección para inaugurar el jardín del edén, en el juego de la ruleta que puso en marcha todos perdieron, en el tiro al blanco de ciegos nadie acertó. A eva y adán todavía les quedaba la posibilidad de engendrar un hijo para compensar la pérdida del asesinado, pero qué triste la gente sin otra finalidad en la vida que la de hacer hijos sin saber por qué ni para qué. Para continuar la especie, dicen aquellos que creen en un objetivo final, en una razón última, aunque no tengan ni idea de cuáles son y nunca se hayan preguntado en nombre de qué tiene que perpetuarse la especie, como si fuese ella la única y última esperanza del universo. Al matar a abel por no poder matar al señor, caín ya dio su respuesta. No se augure nada bueno de la vida futura de este hombre.”

martes, 1 de marzo de 2011

¿ Que les parece?




Hola a todos. Luego de mi entrada anterior, se me ocurrió pensar que estaría bueno formar un club de lectores para así compartir, como sucedió con el río de Yupanqui, fragmentos interesantes de libros que no todos tenemos y muchos no se consiguen. Prometo que no copiaré nada del Quijote, la Divina comedia o la Odisea. Y mucho menos algo propio. No sé si la idea cuenta con vuestra aprobación.
Un abrazo

domingo, 20 de febrero de 2011

Como dije antes, el Santi me expropió el blog. Estoy tratando de recuperarlo. Ojalá

EL RIO


Quiero contarles que la casualidad me llevó a descubrir, esparcidos sobre la vereda de 8 de Octubre y Sanguinetti, una cantidad de libros usados, que van desde Manrique y Garcilaso, pasando por Salgari y Federico hasta el cantar del mío Cid. Amén de muchos de menor fama.

Pero lo que me emocionó, fué el descubrir una edición montevideana de Aires Indios, de don Atahualpa el grande. Por supuesto que la expropié en el acto. Manchado de humedad, y con una dedicatoria casi ilegible, fechada en 1951, es una recopilación de prosa y poemas.

Pero lo que más me impresionó fue que al hojearlo, lo primero que apareció fue "El Río". Sólo leer el título me retrotrajo a la infancia. Y sentir la única envidia que cultivo. La de no ser capaz de, como hacen esos privilegiados, con un mínimo de palabras, hacernos vivir de nuevo esas emociones que éramos capaces de sentir, pero no de expresar, al regalárnoslas envueltas en poesía. Y quiero compartirlo con ustedes.


Ahí va :

EL RIO

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_ ¿Sabes que está haciendo el Luis Vite?

_ Está durmiendo junto al río

_ No. Está aprendiendo música

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“El río es el maestro de los muchachos pastores, como el viento es el maestro de los hombres que van a las cordilleras. Cuando el rebaño baja de las lomas, la tarde se llena de balidos que el oído recoge y el corazón agradece. Es un descenso blando y musical, y, entre los verdes manchones del cerro, la línea en fila india de las ovejitas pone la nota clara, como si fuera una senda donde la nieve se hubiera animado de pronto a cantar cosas.

Al llegar el rebaño junto al río, los corderos retozan y beben. Los perros pastores corren de un lado a otro vigilando la inquieta tropa. Entonces, el muchacho puestero tiene tiempo para tenderse un momento y aprender la lección musical de la tarde. El agua viene con fuerza desde lejos, desde las cumbres. Sus caminos se van ensanchando a medida que encuentra tierra llana, y entonces ya no brinca en las piedras. Ordena sus voces, y su viaje claro y fresco está lleno de tonos.

Por momentos, el agua finge una ola breve, y un banderín de espuma se levanta como simbolizando una senda de adioses. A veces, el agua topa una piedra grande y se divide en dos.Por la derecha, va el canal superior grave y seriamente. Por la izquierda, se asoma una saltarina sendita de agua burladora de guijarros como un chango travieso. Y al poco trecho vuelve a su única senda el viaje del río.

Y todo eso lo mira y lo oye el muchacho pastor. El Luis Vite sabe que cuando el río pasa sobre piedras de colores , la luz se llena de cosas un poco mágicas, como en un capricho de jugar a quien pinta mejor una senda de músicas. Sabe que el tono juguetón le sirve para hallar luego una alegría en su charango. Y cuando la brisa peina a contrapelo el viaje de las aguas, se levantan sonidos que ayudan a comprender ciertas cosas que tienen las quenas cuando no quieren ser demasiado tristes.

Después las corridas de los perros y las travesuras de las ovejitas hacen que el muchacho concluya su aprendizaje del día.

Y se marchan todos por la senda fácil donde el matorral anuncia primavera y tibieza.”

A. Yupanqui

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Seguramente a ustedes les encantó esa prosa poética. Pero piensen en lo que puede sentir ahora, el que fue aquel gurí que convivió, salvo un pequeño intervalo de Seminario, con ese inmenso, (como dijo don Aníbal) cielo azul que viaja.

Santi conoció ese río cuando tenía cinco años, y ahora lo vió cambiado por la represa enorme que aumentó la altura de su caudal en cuatro metros frente a mi pueblo querido, llegando ahora su corriente casi a la altura de lo que para mí, que entonces no levantaba medio metro del suelo, (ahora no es mucho más) eran unos gigantescos acantilados de basalto desde donde contemplaba la costa argentina, y, algunos quilómetros al norte, la desembocadura del Cuareim que se volcaba en el río Padre. Y también desde donde,escuchaba y conocía cada rumor que vivía en el silencio... El de los camalotes ondulando al viento, el susurro de la corriente ya mansa al llegar a la costa entre los juncos, y el brillo de las mojarras que a veces saltaban jugando cerca de la orilla. Y, para definitivamente completar mi comunión con el río, quiso la suerte que antes de venirnos a vivir a Montevideo, fuera a pasar casi un mes a una hacienda enorme de unos amigos de mi hermana, cuyos límites oeste y sur eran el río Uruguay y el arroyo Itacumbú que se unían en el triágulo de monte, arena, y gloria de pájaros de su desembocadura. A los muchachos, hijos de los dueños del establecimiento les llevaba bien tempranito el desayuno, (mate cocido con leche y pan casero) en una de aquellas latas de aceite de dos litros, a caballo, a través de un enorme campo de trigo. Y, cerca del medio día, acompañaba a la hermana menor de los susodichos, a lavar la ropa a la orilla del río. Y, por supuesto, había que darse un chapuzón para soportar los calores del Diciembre norteño. Ella tenía cuatro años más que yo. Lo que no fue obstáculo que con mis 12 primaveras me enamorara perdida y desesperadamente. Así que mi río fue también testigo de mi amor primero. No sé, si como el Vite de Yupanqui también yo estaba aprendiendo música. Pero si aprendí, cuando en las noches sin luna me ponía boca arriba acontemplar la vía láctea,(nunca volví a verla tan gloriosa) a soñar. Después la vida tomó otros caminos. Pero por suerte, aquel gurí nunca quiso abandonarme. Ni se lo permitiré jamás,

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domingo, 13 de febrero de 2011

Santa Ana


Debo contar a todos, que en este preciso instante, acabo de conquistar mi total independencia intelectual, (si es que todavía me queda algo que se pueda llamar intelecto). Les cuento porqué. Diego, mi yerno nieto, esposo de Virginia, me acaba de enseñar a manejarme con cierta autonomía con esta máquina endiablada que 90 años hace, era inimaginable. De manera que bajo mi total responsabilidad, en lo que tiene que ver con redacción, puntuación y, lo que ya es más jodido, sintaxis, pasan a ser de mi total responsabilidad e incumbencia. Paso a transcribir mi engendro, tal como lo hice bajo la amenaza, (y con mi agradecimiento, seamos sinceros) de una serie de amputaciones y mejoras. Pero, lo original también tiene lo suyo. De manera que ahí va.

No sé si estos recuerdos de las vacaciones pasadas en Santa Ana, en la Colonia del Sacramento saldrán a luz. Todo depende de la voluntad de mi corrector y crítico, para el que la autoridad paterna no vale absolutamente nada. Pero un día de estos me voy a independizar. Todo a su tiempo. Y, como no es de extrañar que la influencia de un tannat viejo Stagnari ejerza su poder de dispersión mental y en el momento de llevar esos recuerdos al papel, haga que esto resulte de un romanticismo barato y demodé, mi Catón familiar es muy capaz de anularlo sin piedad. Pero, en el supuesto que así no sea, ahí va. Yo sé que mi lenguaje es arcaico y mis ideas, si así se les puede llamar a las pocas que me quedan, están detenidas en el tiempo. De eso me doy cuenta cuando leo las entradas y comentarios de ustedes. El lenguaje que usan está a años luz de mi capacidad. Pero tal vez lo que ahora escriba sea de utilidad para que ustedes se enteren de cómo pensábamos, sentíamos y escribíamos en la prehistoria. Vayamos al tema. Este es un balneario con una arboleda que parece hacer que todo lo demás no exista. Llegamos ayer, y hoy estoy en un porche frente a un patio lleno de árboles, gramilla y laureles blancos y rojos, con un cielo limpio y un sol de fuego, que se mete por entre las ramas de esos árboles para pintar de luz a la gramilla. Y la brisa agitando apenas las hojas de los paraísos, (esos paraísos que viven en mí desde la infancia,) hace de este momento casi un sueño. Hay un silencio y una paz total. La brisa apenas mueve los árboles. Esperamos al Santi que fue a buscar a su sobrina Laura y su esposo Miguel. (creo se llaman así) Es la 1 de la tarde; pasó una paloma en vuelo rasante por la calle desierta. El sol quema, y hace que a la distancia, el aire se pueble de espejismos.. Calmó totalmente el viento, y los paraísos, laureles y eucaliptos del patio, se alzan estáticos como esperando que se renueve. La gente se fue a la playa; yo preferí quedarme, porque el sol es insoportable, y, como la causa de los pueblos, el cuidado de mi pelada seborreica no admite el menor descuido. La playa es espléndida para los niños; a una cuadra de distancia el agua les da por la cintura. No hay pozos ni desniveles. En ella desemboca un arroyito precioso donde los gurises pescan. Pero yo, por culpa de Tati que tiene una pecera, ya no puedo pescar sin cargo de conciencia. La última vez que lo hice, saqué un bagrecito amarillo y Santi se reía porque me sentí culpable y le decía ¡pobrecito! Así que hay mucho para disfrutar sin asesinar bichitos.

No pongo fechas porque realmente acá eso no importa, y la sucesión de días de sol, árboles y cielo azul, hace que el transcurrir del tiempo no pueda encasillarse.

Un cardenal con su copete rojo camina tranquilamente por la calle, sin importarle demasiado el Brandemburgués 4 de don J. Sebastián que estoy escuchando. Cruzando la calle, en el terreno de enfrente, un pino inmenso que domina el entorno, y un árbol de copa verde suave, coronada por flores de un amarillo también suave, a cuyo frente crece otro de hojas generosas de un intenso verde oscuro que muere en matorrales de laureles blancos en flor, con música de fondo de todo tipo de pájaros, y la silueta lejana de los árboles dibujando su imagen difusa contra el horizonte que en el crepúsculo se pinta de rosado, son capaces de lograr que creas en un escenógrafo en el que jamás creíste.

No solo no pongo fechas; la cronología tampoco tendrá lugar porque lo del orden nunca fue mi fuerte. De modo que el relato no va a ser muy coherente. Pero es que tampoco el que lo escribe lo es demasiado.

Como hacen unos cuantos días que llegamos, y mi desayuno es siempre solitario, (no porque madrugue demasiado) tengo unos amiguitos que me he ganado tirando unas migas de pan o galletas en el patio. Hay chingolos, horneros, sabiás y, a veces, unas tórtolas chiquitas. Una pareja de palomas torcazas tienen su nido en un terreno cercano, y el constante reclamo del macho, un sonido triste al que asocio al silencio de las siestas de mi infancia, me trae un montón de saudades Y el regalo de su presencia de vida te hace otra vez sentir, en lo hondo del recuerdo, al terreno de un cuarto de manzana donde estaba nuestra casa, con sus paraísos, duraznero, y la pampita, la vaquita familiar, y el sauco del que, cuando teníamos fiebre, papá hacía té con su corteza. Después me enteré que el ácido acetilsalisílaco, origen de la aspirina, se extrajo originalmente de ese árbol.

(Aclaración importante; aunque Liliana me recomendó la sobriedad, a esta hora, después del mate y antes de almorzar, recibo la visita de un escocés al que suelo hacer los honores. Claro que en compañía de los compañero de turno, y por supuesto, nunca en forma desmedida.) De modo que, si como ya dije, mi relato es de un romanticismo demodé y barato, tal vez haya que buscar ahí la causa.

Durante nuestra estadía nos han visitado y compartido la casa amigos y parientes varios, incluídos una pareja argentina propietaria de un velero, Fernando y Sra., dos personas a las que basta conocer una vez para sentirte por siempre su amigo incondicional. Los conocimos a través de su blog. Otra globera fue la Flaca, acompañada por supuesto por el de la plateada cabellera.

No recuerdo el día en que el Santi fue a la carnicería y trajo algo así como una tonelada de chorizos y otras vituallas. Fue cuando la concurrencia llegó al máximo. El vodka transformado en caipirovsca campeó por sus fueros.

Ayer llegaron los dos Gabrieles con sus mellizas Sofía y Paulina. Fue una pena que primero Julia y luego Maru, las otras biznietas, no pudieran hacerlo porque se enfermaron- Y yo me hice de una novia de 8 años. De mañana, al levantarse, después del desayuno, Sofi se acerca, me abraza bien apretado, me come a besos, y me dice : te quiero mucho mucho. Cuando le pregunto porqué, me contesta: porque sos muy bueno. Así que además de todo lo que disfruto, todavía me regalan emoción. Y agarraditos de la mano, me acompaña en las caminatas. Que te parece. Pero, como dice la canción, tristeza no tiene fin. Mañana hace un año y un mes que la Yaya se fue No conoció este lugar de quietud, luz y silencio.

Hoy tengo la visita de una preciosa mariposa blanca; a veces lo hace una amarilla también grande y hermosa. Me dijeron lo del significado de la visita de la blanca, pero lo olvidé.

Ya dije que sobre el cerco hay laureles blancos, que aunque el entorno no tenga nada que ver, me recuerdan a Piriápolis. Hasta el aroma hace revivir ese recuerdo de las mañanas frente al cerro cuando, (el tango es para Gabriela pero lo que dice involucra a la Yaya.) siento otra vez la emoción “de nuestra treintena de Abriles felices, cuando solamente tu risa se oía, y yo no tenía mis cabellos grises.”

Estoy solo. Bueno; nunca lo estoy. La soledad solo la sufren aquellos que no se atreven a llenarla con vivencias y recuerdos. Y a mí me sobran. Mañana nos vamos, y estos días de vacaciones pasarán a enriquecer el cofre donde los atesoro,

viernes, 10 de diciembre de 2010

…como uno de esos gurises, envuelto en el sol norteño…


Cuando estaba tratando (después de tanto tiempo) de finalizar el relato de mi particular formación académica, para que así entendieran, (o por lo menos procuraran hacerlo), mi enemistad con la sintaxis y la puntuación, (no hablemos de otros detalles) escuché casualmente al Sabalero. Y eso me decidió a posponer aquello. Pensé que a ustedes tal vez también les interesaría el conocer, y, en algunos casos hasta compartir, el recuerdo emocionado de un gurí de pueblo, que seguramente es común a todos los de esa época.

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Hace un momento termino de escuchar al Sabalero en la canción que lo catapultó a la fama. “Chiquillada.” Para los escuchas ciudadanos, seguramente puede emocionarlos. Pero para los que vivieron su infancia en un pueblo a los que aún no habían llegado, (porque no existían) la tele ni la compu, es como ver, envuelto en música y poesía, al gurí que fuimos, y el que felizmente nunca dejó de acompañarnos. Larbanois dijo, en un homenaje que se le hizo al Sabalero, que cuando escuchó esa canción, a él, que es de Tacuarembó, lo asombró el oír a un muchacho de J. Lacaze , nacido y crecido en un pueblo tan distante, describir su propia infancia. A mí me sucedió una cosa parecida. Es un misterio que los gurises de pueblos tan lejanos, carentes en absoluto de la comunicación actual, (estoy hablando de sesenta o más años atrás), tuvieran los mismos juegos e iguales juguetes , como eran el aro y su andador, fabricados por ellos mismos. Chiquillada es una canción para iniciados. Cuando escuché, “media galleta, rompiendo los bolsillos, palito mojarrero, saltitos de gorrión, los muchachitos de toda la manzana, cuando el sol pica en pila, se van p´al cañadón.” Vi, me vi yo también como uno de esos gurises, envuelto en mi sol norteño, rodeado de distancia y soledad, con mi palito mojarrero camino a la cañada, a donde iba (cuando mi padre me dejaba ir a pasar el día a la casa del lechero) a tratar de pescar alguna mojarra. Estoy seguro que muchos de los que escuchan la canción no saben, (y es lógico) que cosa es un palito mojarrero; como tampoco tienen porque saber lo que eran el aro y el andador. Pero eran juegos obligados, (y baratos) de los gurises pueblerinos. Por supuesto no voy a dar una conferencia explicativa. Pero el palito mojarrero era el sustituto de la caña de pescar. Lo hacíamos con la primera rama medianamente derecha que encontráramos, un poco de hilo de coser, un alfiler doblado en forma de anzuelo y vamo arriba. Ya lo dije, la mía no era un cañadón. Era una cañada con agüita transparente que pasaba cantando sobre los cantos rodados del fondo. No sé si alguna vez pesqué una mojarra. Pero, lo puse en mis recuerdos, y cuando muchos años después toqué, por primera vez con la OSSODRE el solo de Campo, el poema sinfónico de don E. Fabini, volví a ser el gurí aquel, al borde de la cañada, con las patitas en el agua ya tibia a esa hora de la siesta, envuelto en la magia del silencio, el sol y la distancia. Y pensé que don Eduardo, también a él, (era de Solís de Mataojo) para poner esa emoción en música, tuvieron que envolverlo en su pueblito como a mí en el mío, la soledad y la distancia infinitas, quemadas por el sol de una siesta de verano.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Mis 90 y la que faltó a la cita

El haber llegado a los 90, me obliga a cumplir con dos deberes. Uno, el comunicarme después de tanto tiempo con los cofrades blogeros. Y otro, el más importante, pagar una deuda de gratitud a la compañera de casi 63 años de vida.

Yo sé que los homenajes póstumos suenan como de compromiso por lo que siempre están cargados, (cuando quienes lo hacen son juez y parte) de subjetividad. Por eso pensé que lo mejor sería contar simplemente su historia de vida, para que así que se den cuenta del porqué de mi recuerdo agradecido.

Mi cumpleaños de los 90 lo festejamos con una cuchipanda homérica. Pero la que por derecho propio debió ser la invitada de honor faltó a la cita. Por muy pocos meses no llegó al 13 de Marzo; hubiéramos cumplido 63 años juntos. Cinco meses le faltaron para llegar a sus 89, y 9 para ser testigo de mis 90. Dije que faltó a la cita ese día, pero estuvo presente siempre. El primer brindis fue para ella. Se llamaba Brilda, pero después de los nietos, todos le decíamos la Yaya.

Y ahora su, nuestra historia.

Nos conocimos en la casa de su tío, al que alquilábamos con mi hermana y su marido una casilla que él tenía en su terreno. En ese entonces, yo recién había empezado a estudiar la flauta, y mi maestro me había conseguido un puesto en la banda de la Escuela Militar. Con mis 20 primaveras y como muchos de nuestra época, era bailarín compadrito y frecuentaba los bailongos de rompe y raja . Pero mi formación hogareña y seminarista, me hacía soñar, como a la Susanita de Quino, con una mamá también hogareña y hacendosa  que me regalara hijitos, condición que le faltaba a mis compañeras de baile. Y, precisamente, apareció ella. Que a veces visitaba a su tío. Era una morocha que, como dice el tango, “se paraban pa mirarla”. Y yo me dije: “¡pah!, a vos misma.!” 

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Y en un cumpleaños familiar la saqué a bailar.  Acostumbrado a bailar, como dice el tango, bien apretadito, cerrando los ojos y mezclando el aliento, quise hacer lo mismo. Pero me encontré con una barrera infranqueable. Ni muy apretadito y mucho menos mezclando el aliento. Recién al segundo o tercer tango y luego de hacer gala de mi mejor elocuencia, conseguí que nuestras frentes acortaran distancia, y vive por siempre en mi memoria el contacto tibio de su frente, y (ella era crespa) el roce fugaz en mi mejilla de uno de sus bucles. Cuando su tía se enteró de nuetro noviazgo recién nacido, le reprochó el haberse entusiasmado con un triste flautista. Ella era preciosa y merecía un mejor partido.Y tuvo razón por partida doble. Además de eso, me cayó como un rayo la enfermedad de la época, que era casi una sentencia de muerte. Lo que quiere decir, triste flautista y tuberculoso. Otra gurisa hubiera huído despavorida por temor al contagio. Ella solo pensó en ayudarme. Como había entrado en la Banda Municipal, pude ir a un sanatorio privado en Colón. Ella entonces trabajaba en una fábrica en la calle San Martín casi Millán. A las 11 salía a la carrera para no perder el 147 y así llegar a Colón,   bajarse, y caminar por Lezica no sé cuantas cuadras hasta el sanatorio a llevarme la comida que me preparaba a diario. Mi hermana no siempre podía hacerlo. Yo no la dejaba acercarse y mucho menos besarme. A ella no le importaba. Y otra vez, para estar a las 13 en el trabajo, caminar hasta el ómnibus. Por suerte me curé en tiempo récord, 5 meses. Le pregunté al doctor cuándo me podía casar, y me contestó que ahora mismo. Pero esperé hasta el año siguiente. Y el 13 de Marzo de 1947, en el juzgado de Sayago y por la módica suma de 18 pesos, me la traje con libreta de propiedad incluída. Le dije que después de todo, no me había salido tan cara teniendo en cuenta que el contrato no incluía prohibiciones de ninguna índole. Fuimos a vivir con mi hermana y mi cuñado a la casa que había sido de mi maestro. Era de madera, por supuesto.  La cocina era en común, los muebles, un juego de dormitorio sin lustrar, (lo hicimos después) y la heladera fabricación artesanal del que escribe, de chapa y madera con aislación de corcho. El hielo como, era común, se compraba al repartidor. Y, como corresponde, había que escribir a París para que viniera la cigüeña. Entonces, mirá las consecuencias. A vuelta de correo llegó el Santi; un parto difícil, y el resultado; un renacuajo pura cabeza. Fué su debut como mamá; y ya de entrada le sacó canas verdes a la pobre. No agarraba la teta, y la pobrecita lloraba. Después una erupción que le agarró todo el cuerpo, a la que no habiá especialista que valiera, hasta que lo curó la homeopatía. En ese entonces el hijo de mi hermana se ennovió y pensamos que seguramente más adelante había que dejar la casa. Y no queríamos pagar alquiler.     

Quiso la suerte que ofrecieran en venta un terreno contiguo. Era propiedad de un señor conocido. Y con la garantía del propio terreno lo compramos en incómodas cuotas. Y empezó la aventura. Plata para edificar...de dónde... Y me acordé de la canción de don Atahualpa. "en la cumbrera ´e mi rancho, anidaron dos  horneros. Y yo parezco un extraño,y el rancho parece d´eyos.” Entonces, para que el rancho pareciera nuestro, como los ladrillos eran muy caros, me inventé un molde desarmable que, modestia aparte, me quedó de película, y, con la Yaya de ayudante, (aprendió a preparar la mezcla de arena y portland para hacerlos ) nos fabricamos, uno por uno, 900 bloques. Y empezamos a hacer el nido. Por $ 7.50 saqué en el municipio un plano de vivienda modesta, y con la garantía de mi cuñado, un préstamo bancario. De manera que cobraba mis suelditos, y lo primero que hacía era pagar las cuotas. Con lo que quedaba, la  Yaya solventaba los gastos caseros  y si precisaba ropa se la hacía ella misma. Yo entonces fumaba. Me compré tabaco y empecé a armar bien finito. Mi suegro fue el peón voluntario al que siempre agradezco, y ella, amén de ocuparse de sus trabajos de mamá y ama de casa, se hacía tiempo para alcanzar baldes de mezcla. Aprendió a hacer hormigón y a calentar asfalto para impermeabilizar la planchada. Subía la escalera con baldes de alquitrán caliente. Santi lo recuerda.

Y bueno, después, ocho años más tarde que el Santi nació Liliana.

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Y, por primera vez luego de 11 años de ama de casa fulltime, la Yaya pudo salir de Montevideo en tren de paseo. Un amigo de la orquesta, había alquilado un departamento en Piriápolis y nos lo ofreció generosamente. Pasamos una semana preciosa. Y ya que hablamos de playa, al nene que  estaba crecidito y ya empezaba a mostrar la hilacha,  le dió por juntar cangrejos, (eso fue en playa Verde) y cuando tuvo el baldecito a medio llenar, no encontró mejor diversión que  levantarle la malla a la madre y volcárselos en el pecho, obligándola así a hacer topless y lucir, urbi et orbi, sus preciosos atributos treinta añeros. De los que la verdad sea dicha, daba más para enorgullecerse que para avergonzarse.

Pasó el tiempo;  liceo, luego facultad e ingreso del  Santi a la B. Municipal.  Casorio y llegó Virginia,  la primera nieta. Vivían en la casita que le habíamos hecho al Santi, a la que llamábamos casa de abajo. El Santi y Lucía, su primera esposa trabajaban; así que de madre pasó a ser madre-abuela.  Después Liliana se casa con un compañero de facultad y aparece Emilio, el que ustedes conocen como el Risueño Fantasma de García. Y al año siguiente, (mi nena no perdía tiempo) nace Tania, la n° 3. Otra que no comía. Pero la Yaya era expeditiva. Al Santi cuando chico, si era necesario lo arrinconaba contra el tejido del fondo y le hacía tragar la avena con leche sí o sí. Y, era tiempo; llegaron las vacas bastante más gordas. Compramos un terreno en Piriápolis, levantamos una casita  entre cerros, árboles y pájaros, y pudo disfrutarla en familia, a la que dedicó su vida, aguantándome y  rodeada de hijos y nietos.

Después Argentina de sur a norte, Brasil, Cuba Méjico y Europa, le hicieron, nos hicieron, vivir momentos inolvidables. Su madurez fué más  fácil que su juventud. Sería precioso ser creyente para así esperar el reencuentro. Pero no lo soy. Entonces creo que el mejor homenaje que puedo ofrecer a su memoria, es el compartir con ustedes la emoción de este recuerdo agradecido.

sábado, 1 de agosto de 2009

currículum académico-episodio 4


Inicio este cuarto episodio con una buena noticia.


Para mí, quiero decir. Nos visitó sin previo aviso y se quedará dos semanas con nosotros, el Risueño Fantasma. De manera que estamos todos felices.


Y, volviendo al tema de mi formación académica, les contaré por que el optar por la música no fué casualidad. No soy creyente; pero pienso que hay un misterio en la secuencia de hechos que para bien, o en algunos casos para mal, te llevan a ser lo que finalmente sos. Y creo también que algunos nacen con estrella. Y yo fui uno de ellos.

En la presentación del blog dije que siempre fui felíz.

Y los hechos ayudaron a que así fuera.

En la época de mi niñez, la década de los 20, en el interior, (no sé si en la capital también,) los hijos trataban a los padres de "usted"; y al dirijirse a ellos, muchos decían "sí señor o no señor." Eso jamás pasó en casa. En una oportunidad, yo tendría seis o siete años, se ve que hice algo por lo que el viejo me rezongó. Y le contesté; "¡desgraciado!". A cualquier gurí lo hubieran sacado de un sopapo por la ventana. Papá solo me dijo; "tenés razón". El era ciego. Cada vez que recuerdo ese momento, se me aprieta el corazón.



Él cantaba, tocaba la flauta, el clarinete, y la guitarra. Era el que cantaba las misas, y en las fiestas escolares les enseñaba canciones a los gurises y los acompañaba. Y en las fiestas de fin de curso, por supuesto el Himno y la marcha "Mi Bandera". Eso se repetía, luego de hacerlo en el pueblo, en dos escuelitas rurales, Franquía y Coronado. El que cantaba el solo ¿adivinen quién? En esos momentos el ego no me cabía en el cuerpo.

Papá tenía además su orquesta propia. Dos o tres guitarras, él con la flauta o el clarinete y a veces también se sumaba un acordeonista. Muchas veces lo llamaban desde la barra del Cuareim, en Brasil, o de Monte Caseros del lado argentino. Entonces atravesábamos el río, a veces en botes a vela y otras en lancha. Siempre me llevaba con él.


Al regreso, en las madrugadas de verano, al cruzar el río padre, cuando había luna y el silencio rumoroso del agua -que todavía consevaba la tibieza de la tarde- todo lo envolvía, sin que papá se enterara, (no me hubiera dejado hacerlo) me sentaba junto a la borda y hundía mi mano en esa tibieza. Y, parafraseando a los Olimas, al recordar, siento clarito al Uruguay que pasa.

Papá me enseñó a hacer flautas perforando cañas con un alambre calentado al rojo.

Y otra vez la suerte.

Yo había encontrado unas esferas de plomo; y el herrero del pueblo, al que yo siempre iba a ver fabricar las herraduras, (me fascinaba ver transformarse mediante el martillo el hierro al rojo sobre el yunque) me ofreció cambiar esas esferas -según él para sus aparejos de pesca- por una ocarina. Por supuesto que el sabía de mi fabricación de flautas de caña. Debía ser la única ocarina del pueblo. Y fue a parar a mis manos. Siempre recuerdo a ese herrero con agradecimiento.

Me pasaba el día haciendo sonar esa maravilla, cuando, (otra vez la suerte) se produjo el milagro. Me salió por pura casualidad, "sol la sol fa mí". ¡pah!, "¡Española españolita!". Era un pasodoble de moda. De ahí en más en la manzana me dirían el gusano. No paré hasta encontrar los intervalos de la melodía y cuando lo logré, me los aprendí de memoria y le hice escuchar el pasodoble al viejo. Él seguramente pensó que el Amadeus era un poroto a lado de su nene. Y me regaló una flauta que ya no usaba. Era del sistema antiguo, de seis agujeros y cinco llaves. Pero era de verdad. De ahí en más no quedó pieza conocida que no asesinara.

Hasta que un 18 de Julio, creo de 1930, bien tempranito me asomé a la ventana e inflamado de fervor patriótico toqué el himno para todo el pueblo. Luego hubo un paréntesis obligado de año y medio. Marché al Seminario y la flauta quedó en casa.


El seminario. (soy el de camisa blanca)


Pero la vida monástica no se hizo para mí. Así que si bien cuando inicialmente pedí para irme no me dejaban abandonarlos pues necesitabn ministros para el Señor, cuando cambié mi comportamiento se dieron cuenta no era digno de tan sagrado cargo.

Y otra vez en mi pueblo querido; pero por poco tiempo.

Papá había muerto y Adela, la hermana mayor decidió que era hora de reunirnos con las dos restantes en Montevideo. Y allá fuimos.

Salimos de Bella Unión el 12 de diciembre de 1932, al medio día, y llegamos a Montevideo el 13 a las 15. Veinticinco horas. Fuimos a vivir con una hermana y su marido.

Y otra vez la suerte.

Como la crisis estaba en su apogeo, tuvimos que mudarnos a una casa más barata. Y en ese barrio vivía el primer flautista de la Ossodre, la orquesta oficial hacía dos años formada. Y lo que es hoy Av. Centenario, en ese entonces era un campito. Y, ahí jugábamos al fútbol. Uno de los que lo hacía era el hijo menor del que después fue mi maestro. Ahí conocí a Pascual hace 75 años. Y todavía nos aguantamos.



Pascualito

Él frecuentaba la casa de don Quico; así lo llamaban al que fué mi maestro. Y entonces le habló sobre mis deseos de estudiar. Su respuesta fue: "ese debe ser un atorrante como ustedes".


Y otra vez la suerte o el destino.

Lo que en otras circunstancias hubiera sido un drama, resultó ser una alegría. Yo trabajaba en la Kásdorf de repartidor. Pero surgió la Conaprole, la clientela mermó, y sobrábamos empleados. Don Quico justo en ese momento terminaba de comprar un casita de descanso y necesitaba quien se la cuidara. Y allá fui, recomendado por Pascual y Javier, su hijo. Y, por supuesto me llevé mi flauta. Entonces don Quico me escuchó, me regaló métodos, la flauta que fue de Gerardo Grasso, autor del Pericón Nacional, y me enseñó gratis. Que les parece. Tiene un monumento de admiración y gratitud en mi corazón.

Francisco Russo, "Don Quico"

A los seis meses, por medio de algún conocido, como hacía falta una flauta en la banda de la Escuela Militar, me recomendó y allá fui, a servir artísticamente la Patria. Y ahí conocí a Sparano, el oboísta que fue después compañero querido en la Banda Municipal, la Ossodre y en nuestro quinteto inolvidable. Estando en la banda de la Escuela Militar conocí lo que eran las maniobras. Para nosotros un picnic corrido. Tocábamos diana de madrugada, luego expropiábamos leña del depósito, y a desayunarnos, jugar a las damas o al truco, y algunos a estudiar.


Cada tanto, como el rio Santa Lucía estaba muy cerca, nos escapábamos a pescar. Por supuesto que eso estaba prohibido. Los músicos figurábamos como civiles; estábamos sujetos a la disciplina militar solo en horas de servicio. Llegábamos vestidos de civil, nos poníamos el verde que te quiero verde mientras realizábamos nuestra labor de criminales de la música, (no se hacen idea de los crímenes de lesa afinación).

Y estuve arrestado una semana con Ovidio Alvarez, trombonista.

Él era de la barra del fútbol del barrio y estaba hacía más tiempo que yo en la Banda. Los Jueves tocábamos diana muy temprano. Yo vivía a pocas cuadras de su casa, y para despertarlo le tiraba una piedra al techo de zinc. Un Jueves me dormí, y, por supuesto, él también. Pero los Jueves también tocábamos retreta en la vereda de la escuela. Los dos teníamos novia. Si ibamos de tarde ya no salíamos. Entonces le dije a Ovidio; vamos mañana preparados. Al día siguiente llevamos platos y una muda de ropa. Una semana de arresto. Dormíamos en el dormitorio colectivo debajo de las gradas de la cancha de fútbol. Por la mañana había que desarmar las camas. Eran los ponchos y una especie de frazadas, por supuesto verdes. Cuando los milicos ya tenían todo ordenado, nosotros estábamos en veremos. Entonces Ovidio se inspiró y recitó aquello de: "cuarenta balcones y ninguna flor; ¿hay en esa casa alguna niña novia, hay algún poeta lleeeno de ilusión?" etc. Entonces recurrí a mi amor, Juana de América: "Caronte; yo seré un´escándalo en tu barca". Pero miré la sonrisita de los milicos y le dije a Ovidio; vamos a cortar porque nuestra virtud corre peligro.

Esto ya lo puse en mis recuerdos pero va por si alguien no los leyó.

Estuve ahí hasta que en la Banda municipal se llamó a concurso para llenar un cargo de segunda flauta.

Y otra vez la fortuna.

Si el llamado hubiera sido un año antes, no lo hubiera ganado. Yo hacía tres años que estudiaba; y mi competidor, que era mi compañero y amigo en la banda militar, hacía seis. Fué feo, pero él lo aceptó muy bien. Muchos años después, fue por un tiempo mi segundo flauta en la Ossodre. Y al entrar en la Banda Municipal, culminados mis estudios universitarios, solo me quedaba ingresar al posgrado.


Eso, irá en el próximo episodio.

viernes, 3 de julio de 2009

Currículum académico - episodio 3

Habíamos quedado en el episodio anterior de mi formación académica, que ahora hablaría de mi ingreso a preparatorios.
Eso sucedió gracias a un amigo de la familia que me consiguió un trabajo en la Kasdorf, una empresa alemana de productos lácteos. Fue la primera en el país en fabricar el yogur. Por eso acá, por muchos años al yogur se lo conocía por yoka. Yogur Kasdorf. Me pagaban $ 35 por mes. Era un sueldo excelente. El reparto lo hacía en un triciclo que en los repechos, (Montevideo se caracteriza por ellos) me dejaban de cama. Más tarde, cuando aumentó la clientela, el reparto se hacía empujando un carrito de mano. El territorio que comprendía mi reparto estaba limitado por Andes hasta Ejido y Colonia hasta Paysandú. Y, como buen representante de la quinta edad pienso en la diferencia con estos tiempos. Me dejaban en la puerta, afuera, claro, la botella y los 12 centésimos del valor del litro. Y, cuando eran departamentos, a veces de más de un piso, dejaba el triciclo o el carro con las botellas a la vista. No pensaba que pudieran robarlas. Y nunca me faltó nada. A pesar que a veces tardaba en regresar por que se entablaban discusiones sobre temas filosóficos con las empleaditas que salían a recibir los productos lácteos.

Pero a pesar de los 17, todavía estaban vivos en el alma los recuerdos de la infancia. No hay que olvidar que en ese tiempo éramos más ingenuos o más tontos. Ergo, todavía soñadores.

Entonces invité a Pascual, (con el argumento de conseguir el abono tranviario más barato) a inscribirnos en la escuela nocturna, primaria claro, que quedaba en la vieja calle Larrañaga. Quería, aunque suene ridículo, revivir tiempos idos. Eso, por supuesto duró muy poco. Ni nosotros ni el entorno eran los mismos. Pero, aunque les parezca mentira, a veces, cuando tomaba un tranvía, cerraba los ojos y el rítmico traqueteo de su rodar se transformaba en el del ferrocarril que de nuevo me llevaba al pueblo.

Claro; también vivía la realidad.


De modo que empecé mi aprendizaje artístico.

Como me gustaba la danza y a Pascual también, nos hicimos socios de un seudo club; la Casa d'Italia. Lo de club era para que los menores de 18 pudieran entrar. Figuraba como club pero era un bailongo al que iban las gurisas pioneras de la libertad.

No iban con las mamás. Y nosotros locos de la vida.
Y si bien luego no perseveré, transitoriamente cursé preparatorios de medicina. Mi compañera de baile me dio una serie de clases invalorables. No solo de medicina. También de relaciones humanas. En lo que sigue verán porque digo esto.
En aquel tiempo el único cine que veíamos era el norteamericano. y, o eran tarados, o había una terrible censura impuesta por alguna sociedad de damas virtuosas. Todas las películas terminaban con un beso apasionado del galán de turno; podía ser Rodolfo Valentino, Ramón Novarro o alguno menos sexy. Pero tanto los besos finales como los que se repartían durante la película, eran a rigurosa boca cerrada. Así que nuestro primer beso de mi parte fue respetando los cánones establecidos; pero resulta que mi profe no los respetó y me dio la primera lección práctica. Cuando me presenté a la segunda, quedó encantada de mis progresos, pero me aconsejó no extralimitarme. Me había tomado la cosa tan en serio que estuve a un tris de extirparle las amígdalas.
Por otra parte también me apasionaba la anatomía, por lo que le pedí me la enseñara. Pero había un problema; y es que las clases las dábamos en el zaguán de su casa; y, al no haber luz, tuve que aprenderla al tacto. Aparentemente no hubo ningún inconveniente; según ella, mis aptitudes y mis progresos en la materia le causaban un enorme placer.
Cumplido entonces el ciclo de bachiller, llegó la hora de mi ingreso a la Universidad.
Entonces puesto en la disyuntiva de optar por la medicina o la música, lo hice por esta última.

Esto, claro, es capítulo aparte. Irá, si les interesa, en el próximo episodio

lunes, 1 de junio de 2009

CURRICULUM ACADÉMICO. Episodio 2


Como habrán podido observar, en mi primer año de "secundaria" adquirí una cantidad invalorable de conocimientos. Pero no gramaticales, sino de vida.
Y al pasar de curso, el aula que me tocó en suerte fue un taller de herrería del que era dueño el novio de mi hermana. Como aprendiz tenía que llegar al taller a las 6:45, para barrer el local, prender la fragua y tener listas las herramientas. A las 7 empezaba la rutina; alcanzar esas herramientas a los oficiales, ayudarlos en sus tareas y realizar trabajos fáciles. Lo que me fue de enorme utilidad para cuando hice primero nuestra casa y luego la de Santiago. Ganaba 5 reales por día. En el café mi sueldo era de 6 pesos mensuales. Acá cobraba $ 5.50 por quincena; casi el doble.


Pero un día un amigo me recomendó a unos fabricantes de bisagras, cerraduras y afines, donde pagaban 0.75. Jornales eran los de antes. Sucede que el puchero de pecho valía 0.12 y todo lo demás en relación. Con 0.50 diarios comía una familia El problema es que a la herrería iba a pie, y aquí el transporte, que siempre fue caro, me salía 0.20 por día. No valía la pena.

Pero ahí mi ingenio resolvió el problema.


En ese entonces, si los “canillitas”(*) llevaban un diario debajo el brazo, (era su tarjeta de presentación) no pagaban boleto.


Bueno; ahí recibí la lección práctica de como aprovechar las situaciones favorables. Conseguí un diario, me lo coloqué al mejor estilo canilla, y, aunque había que cambiar de ómnibus cada cuatro o cinco cuadras, (el guarda, 99% galaico él, te decía: “¡vamos, que ya van 6 cuadras; bájate, coño!”) igual valía la pena.


De modo que me ahorraba 1.10 por semana. Claro que a mi hermana no le decía nada. La quincena la daba íntegra en casa. Era lo correcto; así aprendíamos a no vivir a expensas de otros, y a sentirnos en paz con nosotros.
Y, cada fin de semana, mi hermana me daba 0.50; los que sumados a los 1.10 no muy santamente adquiridos, daba 1.60. Lo que significaba: entrada al cine Sábado y Domingo. La entrada costaba 10 guitas matinée, y 15 con vermouth añadida.


Quiere decir que con Pascual, teníamos para el cine, cigarrillos Rodelú, (mentolados) y una masa de 10 centésimos para cada uno. Cuando alguno tenía dinero, y el otro no, era de los dos. Pascual trabajaba en el salón que tenía el padre en la Bolsa de Comercio. (ahora de valores) Lustraba zapatos y vendía números de lotería en la calle. El llegó a ser después corredor de esa Bolsa y pudo así amasar una pequeña fortuna. Y, aunque en muchos aspectos somos distintos, hace 76 años que nos decimos lo que pensamos, puteadas incluidas. Nunca nos peleamos; y nunca pasamos un cumpleaños sin juntarnos a tomar una. Lo de una es un decir. Saquen la cuenta; 76x2. Son algunas. Con él en ese tiempo nos vimos el estreno de todas las películas del Mago. Más de una vez, claro. Y no siempre, pero muchas veces, después de las creaciones, (lo eran doblemente; la música era suya, y las interpretaciones eran también una creación) especialmente “Cuesta abajo” o “Sus ojos se cerraron”, era tal la zapateo que el operador tenía que parar la proyección, rebobinar y hacer un bis.







Y de nuevo afloró mi ingenio un si es no es fraudulento. Como excusa no muy válida hay que tener en cuenta que tenía 14 o15 años. Era inimputable. En ese tiempo, los cines de barrio se daban el lujo de tener cuatro acomodadores. Terminada la matinée, ellos pasaban controlando las entradas. Pero como la fila central era la más concurrida, los de las laterales iban más rápido. Y le dije a Pascual: si nos sentamos en la orilla de la central en las fila 8 o 9, cuando pasan los de las laterales nos corremos y vemos la vermouth de arriba. Así nos vimos “Caballero sin espada”,




“Horizontes perdidos”,



“Los tres mosqueteros” y un montón más. Hasta que un día una voz inamistosa nos dijo: ¡¡¡entraaadas!!!. Y nosotros con cara de inocentes, ¡pero si ya las dimos.! -Vamo afuera, vivos. Como dijo don Antonio, todo pasa y no siempre todo queda. Y llegó el momento de ingresar a lo que en aquel tiempo era "preparatorio" para luego hacerlo a la "Universidad".
Pero, como decían en las películas en episodios, cuando el bandido raptaba a la muchacha y el héroe salía en su persecución, "lo verá en el próximo episodio"

sábado, 23 de mayo de 2009

EL ÚLTIMO DE LOS MOHICANOS

Los que leyeron mi presentación, habrán visto que de los compañeros de la sub 20, Carloncho, Carlos Häberli, el amigo del alma, se fue primero. Le llamo la sub20 a los que nacimos en 1920. Lo siguió Idea, y ahora también Mario. Lo que quiere decir que les está escribiendo el último de los mohicanos.

Galeano dice que a veces, uno quiere escribir y las palabras no vienen. Pienso que en mi caso, el problema es mucho mayor. De manera que no vienen casi nunca. Me alcanza con leer las actualizaciones y comentarios de ustedes, para darme cuenta que hay años luz de distancia entre vuestro dominio del lenguaje y el mío. Y no digo nada de la inventiva.

Yo apenas soy capaz de relatar hechos. Y, para que vean que no exagero, les voy a contar lo que fue mi formación académica.
En la escuelita de mi pueblo fui hasta quinto grado.




A los 10 años, marché al Seminario de Salto donde estuve un año y medio. En el primer curso, mucha historia sagrada, rudimentos de latín, algo de gramática, oraciones y letanías varias, ayudar a misa, etc. Lo bueno es que llegué en vacaciones y además de ir a pescar y bañarnos en el arroyo San Antonio, aprendí a jugar al truco y al mus. Eran jesuitas; un poco más mundanos.

Pero al año siguiente no aguanté más. Pedí para irme,(papá había muerto estando yo en el seminario) pero precisaban Ministros para el Señor y no me dejaron. Entonces me porté mal y me puse pendenciero, hasta que logré mi objetivo.

Vuelto al pueblo, al no estar papá, unos amigos de mi hermana me dieron hospedaje en su establecimiento de campo, donde se sembraban hectáreas de trigo, lino y maíz. Estaba ubicado, para mi disgusto, sobre la orilla del Río Uruguay donde desemboca el Itacumbú. Les llevaba, tempranito, en un petiso tordillo, a través del campo húmedo de rocío, , el desayuno a los tres hermanos, hijos de los colonos. En una lata de aceite de dos litros, café o mate cocido con leche y pan casero.



Y llegó el momento de dejar el pueblo; solo estábamos Adela y yo. Mis otras hermanas, la tía Catalina y todos los primos, vivían en Montevideo. La crisis (en ese tiempo también las había) estaba en su máximo esplendor. Entonces me colocaron en la Escuela al aire libre, en Ocho de Octubre entre Larrañaga y Propios. Ahora son L.A.de Herrera y B. y Ordóñez. Para que no haya resentimientos. Teníamos desayuno, almuerzo y merienda. Me pusieron en 5°, que era el grado más alto. En una oportunidad la maestra preguntó que era la gramática. Levanté la mano; y: la gramática se compone de prosodia, analogía, sintaxis y ortografía. Se quedaron estupefactos; maestra incluida. Mi ego creció no sé cuantos metros. La verdad, yo tampoco la tenía muy clara.




Y al año siguiente con mis 14 primaveras ingresé a “secundaria”, que era un boliche (bar) cuyos habitués, mis condiscípulos, eran proxenetas, putas pobres, y quinteros que llegaban con sus carros a tomarse la cañita mañanera, y a la vuelta, la vespertina. Por la mañana traían sus enormes carros de cuatro ruedas tirados por percherones formidables, y al retorno, llenos de abono vacuno que cargaban en los innumerables tambos del Montevideo de entonces. Me parece verlos, con sus camisas de franela a cuadros. El boliche se llamaba la Picada; estaba enclavado en el Puerto Rico; en ese entonces un barrio de prostíbulos baratos.





Con mis catorce años recién cumplidos, atendía de la noche a la mañana a las y los clientes. La mayoría de las muchachas eran muy buena gente. Me tomaron cariño, y se divertían haciéndome cosquillas en mis partes secretas. Bah, no tanto. Y, como dice Discepolín, ahí aprendí filosofía, dados, timba, (sabía más de caballos que los catedráticos. ) Y no te digo nada de los tangos cantados por el inigualable. En ese entonces la radio de moda era la Fénix; estaba prendida todo el día, y todo el día se escuchaba a Canaro, Gardel, Magaldi, y algún pasodoble. Eso desde las 8 de la mañana hasta la noche.

Me asombro, porque con mi memoria devota del señor alemán, todavía recuerdo íntegras las letras de un sinnúmero de tangos. Claro; los cantaba el mago. Y, aunque les parezca mentira, con mis 14 años, junté las mínimas propinas hasta tener para un boleto y la entrada, me fuí a Maroñas. y me dejaron entrar y jugar. Como decía don Verídico. no tiene goyete. Entré, ¿Se acuerdan? “Preparate p'al Domingo si querés cambiar de yeta; tengo una rumbiada papa que abonará gran sport.” Pobres de ustedes; ¡que se van a acordar de lo que no conocen!

Pero la primera carrera era de debutantes; así que los catedráticos estábamos fritos. Después del paseo preliminar le jugué por la pinta a Avance, un tordillo precioso. Pero le ganó un overo, Oro 18. Por suerte. Aunque no creo que me volviera adicto. No tengo alma de timbero. Como ven, mi formación era inobjetable. Especialmente la gramatical. Tuve otra experiencia, esa sí provechosa. El clandestino que levantaba juego en el boliche, un día me dijo: "botija; faltan diez guitas para completar diez mangos; vos ponés el número y yo la plata. Si sacamo vamo a media." Entonces me acerqué al contador de la luz. Terminaba la cifra en 82. Cualquier tipo normal hubiera elegido ese número. Están arreglados; he aquí mi idea brillante: 8 - 2 =6. 6 y 2, 62. juéguele al 62. Y salió a la cabeza- Quedé famoso. . Y con mi bagage ¿o bagaje? de conocimientos, pasé de grado. Pero eso es capítulo aparte-

viernes, 8 de mayo de 2009

Un FRIKI de los años 20.


Yo sé que el tema de la actualización se dilató demasiado en el tiempo; pero sucede que al tener, por circunstancias actuales, que dedicarme a labores propias de mi sexo, se me hace difícil escribir con asiduidad. Pero la lectura del blog de Andrea donde nos informa de la pérdida de su frikinidad, (no sé si el término es ese; no lo conocía) , y de sus experiencias primeras, (literarias quiero decir) me hizo recordar las mías. Que fueron para mí, un gurí de 7 u 8 años muy especiales. Cuando los chiquilines de mi edad leían cuentos de hadas y duendes, yo le leía a papá, (él era ciego) todas las noches antes de dormir, lo que era un ritual, obras de F. Dostoievsky, A.Dumas, V.Hugo, J. Verne, etc., que le prestaba un señor con plata que tenía una hermosa biblioteca. La única del pueblo.

Ya sé; estarán pensando: “¡Pobre; con razón quedó así!” Pero, por suerte un vecino sin plata, me prestaba una revista; el Titbis, que traía novelas y cuentos por entregas.


No se imaginan la ansiedad de la espera que se repetía cada semana. Eran, la mayoría, relatos de aventuras y hazañas increíbles. Así viví emocionado los actos heroicos de Río Kid, un vaquero del lejano Oeste, bueno, inteligente seguramente rubio de ojos claros, que era una luz para sacar el revólver y reventar a bandidos y, especialmente a indios sucios, malos, ladrones y asesinos capaces de robarse mujeres blancas de los campamentos.


No sabíamos si ellas se resistían o estaban locas de la vida.


Me emocioné también con la hazañas de los filibusteros del mar Caribe. Acá la cosa era distinta. Estos eran valientes ingleses que con patente de corso luchaban heroicamente contra los enemigos de la rubia (¿pérfida?) Albión. No sé quién fue, si Isabel o Victoria, (no estoy seguro, pero dicen que una de las dos nunca perdió la frikinidad,) quien confirió al delincuente W. Raleigh el título de sir.



La única revista infantil que llegaba al pueblo era el Billiken; ahí leí algún cuento de Quiroga y, por supuesto, fábulas de Esopo y la Fontaine.






¿Películas? ¡Ja! En el pleistoceno en el pueblo no había biógrafo. Cuando excepcionalmente pasaban alguna "vista" en el salón de La Fomento, (era el salón de actos de la sociedad de fomento rural) para nosotros los pobres la entrada era prohibitiva.
Eso hasta los 10 años y en el ámbito de mi pueblo. Después, cuando llegué al Seminario con esos añitos recién cumplidos, la cosa en cierto modo cambió. Durante el almuerzo o la cena, la conversación estaba prohibida. El pan o la sal había que pedirlos en secreto. Mientras tanto, por turno, uno de nosotros leía en voz alta un libro. La mayoría de ellos edificantes. Pero, eran jesuitas, también un tanto réprobos. Así que en clase, aunque no lo crean, leíamos citas de Voltaire y otros condenados. Así que le tocó el turno a Don W. Scott con Ivanhoe.

A la hora del recreo éramos todos caballeros andantes. Pero nos asombraba que a un caballero templario, (defensor juramentado de la única religión verdadera) cuando se encontraba con Rebeca, judía ella, mientras Satanás se frotaba las manos, él sentía que le volaba la armadura; (ojo; estoy hablando de su atuendo defensivo) y perdía la compostura sin importarle la salvación de su alma.


Como el Tit-bits de mis tiempos, estos recuerdos serán también por entregas. Pero le digo a Ajo y Agua; ¿Te das cuenta que la caja de Pandora no era más que una cajita inofensiva comparada con el desastre que causó tu confesión?
Mirá las consecuencias; le trajiste a la memoria recuerdos emociones y sueños y le hiciste contar a un representante de la quinta edad cosas que tal vez solo a él le interesan.