

COLABORACIÓN DE ANDAL13
Fragmento del capítulo 3 de “Caín”, de José Saramago.
Editorial Alfaguara, 2010
Traducción de Pilar del Río


COLABORACIÓN DE ANDAL13
Fragmento del capítulo 3 de “Caín”, de José Saramago.
Editorial Alfaguara, 2010
Traducción de Pilar del Río


Quiero contarles que la casualidad me llevó a descubrir, esparcidos sobre la vereda de 8 de Octubre y Sanguinetti, una cantidad de libros usados, que van desde Manrique y Garcilaso, pasando por Salgari y Federico hasta el cantar del mío Cid. Amén de muchos de menor fama.
Pero lo que me emocionó, fué el descubrir una edición montevideana de Aires Indios, de don Atahualpa el grande. Por supuesto que la expropié en el acto. Manchado de humedad, y con una dedicatoria casi ilegible, fechada en 1951, es una recopilación de prosa y poemas.
Pero lo que más me impresionó fue que al hojearlo, lo primero que apareció fue "El Río". Sólo leer el título me retrotrajo a la infancia. Y sentir la única envidia que cultivo. La de no ser capaz de, como hacen esos privilegiados, con un mínimo de palabras, hacernos vivir de nuevo esas emociones que éramos capaces de sentir, pero no de expresar, al regalárnoslas envueltas en poesía. Y quiero compartirlo con ustedes.
Ahí va :
EL RIO
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_ ¿Sabes que está haciendo el Luis Vite?
_ Está durmiendo junto al río
_ No. Está aprendiendo música
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“El río es el maestro de los muchachos pastores, como el viento es el maestro de los hombres que van a las cordilleras. Cuando el rebaño baja de las lomas, la tarde se llena de balidos que el oído recoge y el corazón agradece. Es un descenso blando y musical, y, entre los verdes manchones del cerro, la línea en fila india de las ovejitas pone la nota clara, como si fuera una senda donde la nieve se hubiera animado de pronto a cantar cosas.
Al llegar el rebaño junto al río, los corderos retozan y beben. Los perros pastores corren de un lado a otro vigilando la inquieta tropa. Entonces, el muchacho puestero tiene tiempo para tenderse un momento y aprender la lección musical de la tarde. El agua viene con fuerza desde lejos, desde las cumbres. Sus caminos se van ensanchando a medida que encuentra tierra llana, y entonces ya no brinca en las piedras. Ordena sus voces, y su viaje claro y fresco está lleno de tonos.
Por momentos, el agua finge una ola breve, y un banderín de espuma se levanta como simbolizando una senda de adioses. A veces, el agua topa una piedra grande y se divide en dos.Por la derecha, va el canal superior grave y seriamente. Por la izquierda, se asoma una saltarina sendita de agua burladora de guijarros como un chango travieso. Y al poco trecho vuelve a su única senda el viaje del río.
Y todo eso lo mira y lo oye el muchacho pastor. El Luis Vite sabe que cuando el río pasa sobre piedras de colores , la luz se llena de cosas un poco mágicas, como en un capricho de jugar a quien pinta mejor una senda de músicas. Sabe que el tono juguetón le sirve para hallar luego una alegría en su charango. Y cuando la brisa peina a contrapelo el viaje de las aguas, se levantan sonidos que ayudan a comprender ciertas cosas que tienen las quenas cuando no quieren ser demasiado tristes.
Después las corridas de los perros y las travesuras de las ovejitas hacen que el muchacho concluya su aprendizaje del día.
Y se marchan todos por la senda fácil donde el matorral anuncia primavera y tibieza.”
A. Yupanqui
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Seguramente a ustedes les encantó esa prosa poética. Pero piensen en lo que puede sentir ahora, el que fue aquel gurí que convivió, salvo un pequeño intervalo de Seminario, con ese inmenso, (como dijo don Aníbal) cielo azul que viaja.
Santi conoció ese río cuando tenía cinco años, y ahora lo vió cambiado por la represa enorme que aumentó la altura de su caudal en cuatro metros frente a mi pueblo querido, llegando ahora su corriente casi a la altura de lo que para mí, que entonces no levantaba medio metro del suelo, (ahora no es mucho más) eran unos gigantescos acantilados de basalto desde donde contemplaba la costa argentina, y, algunos quilómetros al norte, la desembocadura del Cuareim que se volcaba en el río Padre. Y también desde donde,escuchaba y conocía cada rumor que vivía en el silencio... El de los camalotes ondulando al viento, el susurro de la corriente ya mansa al llegar a la costa entre los juncos, y el brillo de las mojarras que a veces saltaban jugando cerca de la orilla. Y, para definitivamente completar mi comunión con el río, quiso la suerte que antes de venirnos a vivir a Montevideo, fuera a pasar casi un mes a una hacienda enorme de unos amigos de mi hermana, cuyos límites oeste y sur eran el río Uruguay y el arroyo Itacumbú que se unían en el triágulo de monte, arena, y gloria de pájaros de su desembocadura. A los muchachos, hijos de los dueños del establecimiento les llevaba bien tempranito el desayuno, (mate cocido con leche y pan casero) en una de aquellas latas de aceite de dos litros, a caballo, a través de un enorme campo de trigo. Y, cerca del medio día, acompañaba a la hermana menor de los susodichos, a lavar la ropa a la orilla del río. Y, por supuesto, había que darse un chapuzón para soportar los calores del Diciembre norteño. Ella tenía cuatro años más que yo. Lo que no fue obstáculo que con mis 12 primaveras me enamorara perdida y desesperadamente. Así que mi río fue también testigo de mi amor primero. No sé, si como el Vite de Yupanqui también yo estaba aprendiendo música. Pero si aprendí, cuando en las noches sin luna me ponía boca arriba acontemplar la vía láctea,(nunca volví a verla tan gloriosa) a soñar. Después la vida tomó otros caminos. Pero por suerte, aquel gurí nunca quiso abandonarme. Ni se lo permitiré jamás,
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Debo contar a todos, que en este preciso instante, acabo de conquistar mi total independencia intelectual, (si es que todavía me queda algo que se pueda llamar intelecto). Les cuento porqué. Diego, mi yerno nieto, esposo de Virginia, me acaba de enseñar a manejarme con cierta autonomía con esta máquina endiablada que 90 años hace, era inimaginable. De manera que bajo mi total responsabilidad, en lo que tiene que ver con redacción, puntuación y, lo que ya es más jodido, sintaxis, pasan a ser de mi total responsabilidad e incumbencia. Paso a transcribir mi engendro, tal como lo hice bajo la amenaza, (y con mi agradecimiento, seamos sinceros) de una serie de amputaciones y mejoras. Pero, lo original también tiene lo suyo. De manera que ahí va.
No sé si estos recuerdos de las vacaciones pasadas en Santa Ana, en
No pongo fechas porque realmente acá eso no importa, y la sucesión de días de sol, árboles y cielo azul, hace que el transcurrir del tiempo no pueda encasillarse.
Un cardenal con su copete rojo camina tranquilamente por la calle, sin importarle demasiado el Brandemburgués n° 4 de don J. Sebastián que estoy escuchando. Cruzando la calle, en el terreno de enfrente, un pino inmenso que domina el entorno, y un árbol de copa verde suave, coronada por flores de un amarillo también suave, a cuyo frente crece otro de hojas generosas de un intenso verde oscuro que muere en matorrales de laureles blancos en flor, con música de fondo de todo tipo de pájaros, y la silueta lejana de los árboles dibujando su imagen difusa contra el horizonte que en el crepúsculo se pinta de rosado, son capaces de lograr que creas en un escenógrafo en el que jamás creíste.
No solo no pongo fechas; la cronología tampoco tendrá lugar porque lo del orden nunca fue mi fuerte. De modo que el relato no va a ser muy coherente. Pero es que tampoco el que lo escribe lo es demasiado.
Como hacen unos cuantos días que llegamos, y mi desayuno es siempre solitario, (no porque madrugue demasiado) tengo unos amiguitos que me he ganado tirando unas migas de pan o galletas en el patio. Hay chingolos, horneros, sabiás y, a veces, unas tórtolas chiquitas. Una pareja de palomas torcazas tienen su nido en un terreno cercano, y el constante reclamo del macho, un sonido triste al que asocio al silencio de las siestas de mi infancia, me trae un montón de saudades Y el regalo de su presencia de vida te hace otra vez sentir, en lo hondo del recuerdo, al terreno de un cuarto de manzana donde estaba nuestra casa, con sus paraísos, duraznero, y la pampita, la vaquita familiar, y el sauco del que, cuando teníamos fiebre, papá hacía té con su corteza. Después me enteré que el ácido acetilsalisílaco, origen de la aspirina, se extrajo originalmente de ese árbol.
(Aclaración importante; aunque Liliana me recomendó la sobriedad, a esta hora, después del mate y antes de almorzar, recibo la visita de un escocés al que suelo hacer los honores. Claro que en compañía de los compañero de turno, y por supuesto, nunca en forma desmedida.) De modo que, si como ya dije, mi relato es de un romanticismo demodé y barato, tal vez haya que buscar ahí la causa.
Durante nuestra estadía nos han visitado y compartido la casa amigos y parientes varios, incluídos una pareja argentina propietaria de un velero, Fernando y Sra., dos personas a las que basta conocer una vez para sentirte por siempre su amigo incondicional. Los conocimos a través de su blog. Otra globera fue
No recuerdo el día en que el Santi fue a la carnicería y trajo algo así como una tonelada de chorizos y otras vituallas. Fue cuando la concurrencia llegó al máximo. El vodka transformado en caipirovsca campeó por sus fueros.
Ayer llegaron los dos Gabrieles con sus mellizas Sofía y Paulina. Fue una pena que primero Julia y luego Maru, las otras biznietas, no pudieran hacerlo porque se enfermaron- Y yo me hice de una novia de 8 años. De mañana, al levantarse, después del desayuno, Sofi se acerca, me abraza bien apretado, me come a besos, y me dice : te quiero mucho mucho. Cuando le pregunto porqué, me contesta: porque sos muy bueno. Así que además de todo lo que disfruto, todavía me regalan emoción. Y agarraditos de la mano, me acompaña en las caminatas. Que te parece. Pero, como dice la canción, tristeza no tiene fin. Mañana hace un año y un mes que
Hoy tengo la visita de una preciosa mariposa blanca; a veces lo hace una amarilla también grande y hermosa. Me dijeron lo del significado de la visita de la blanca, pero lo olvidé.
Ya dije que sobre el cerco hay laureles blancos, que aunque el entorno no tenga nada que ver, me recuerdan a Piriápolis. Hasta el aroma hace revivir ese recuerdo de las mañanas frente al cerro cuando, (el tango es para Gabriela pero lo que dice involucra a
Estoy solo. Bueno; nunca lo estoy. La soledad solo la sufren aquellos que no se atreven a llenarla con vivencias y recuerdos. Y a mí me sobran. Mañana nos vamos, y estos días de vacaciones pasarán a enriquecer el cofre donde los atesoro,

Cuando estaba tratando (después de tanto tiempo) de finalizar el relato de mi particular formación académica, para que así entendieran, (o por lo menos procuraran hacerlo), mi enemistad con la sintaxis y la puntuación, (no hablemos de otros detalles) escuché casualmente al Sabalero. Y eso me decidió a posponer aquello. Pensé que a ustedes tal vez también les interesaría el conocer, y, en algunos casos hasta compartir, el recuerdo emocionado de un gurí de pueblo, que seguramente es común a todos los de esa época.
Hace un momento termino de escuchar al Sabalero en la canción que lo catapultó a la fama. “Chiquillada.” Para los escuchas ciudadanos, seguramente puede emocionarlos. Pero para los que vivieron su infancia en un pueblo a los que aún no habían llegado, (porque no existían) la tele ni la compu, es como ver, envuelto en música y poesía, al gurí que fuimos, y el que felizmente nunca dejó de acompañarnos. Larbanois dijo, en un homenaje que se le hizo al Sabalero, que cuando escuchó esa canción, a él, que es de Tacuarembó, lo asombró el oír a un muchacho de J. Lacaze , nacido y crecido en un pueblo tan distante, describir su propia infancia. A mí me sucedió una cosa parecida. Es un misterio que los gurises de pueblos tan lejanos, carentes en absoluto de la comunicación actual, (estoy hablando de sesenta o más años atrás), tuvieran los mismos juegos e iguales juguetes , como eran el aro y su andador, fabricados por ellos mismos. Chiquillada es una canción para iniciados. Cuando escuché, “media galleta, rompiendo los bolsillos, palito mojarrero, saltitos de gorrión, los muchachitos de toda la manzana, cuando el sol pica en pila, se van p´al cañadón.” Vi, me vi yo también como uno de esos gurises, envuelto en mi sol norteño, rodeado de distancia y soledad, con mi palito mojarrero camino a la cañada, a donde iba (cuando mi padre me dejaba ir a pasar el día a la casa del lechero) a tratar de pescar alguna mojarra. Estoy seguro que muchos de los que escuchan la canción no saben, (y es lógico) que cosa es un palito mojarrero; como tampoco tienen porque saber lo que eran el aro y el andador. Pero eran juegos obligados, (y baratos) de los gurises pueblerinos. Por supuesto no voy a dar una conferencia explicativa. Pero el palito mojarrero era el sustituto de la caña de pescar. Lo hacíamos con la primera rama medianamente derecha que encontráramos, un poco de hilo de coser, un alfiler doblado en forma de anzuelo y vamo arriba. Ya lo dije, la mía no era un cañadón. Era una cañada con agüita transparente que pasaba cantando sobre los cantos rodados del fondo. No sé si alguna vez pesqué una mojarra. Pero, lo puse en mis recuerdos, y cuando muchos años después toqué, por primera vez con la OSSODRE el solo de Campo, el poema sinfónico de don E. Fabini, volví a ser el gurí aquel, al borde de la cañada, con las patitas en el agua ya tibia a esa hora de la siesta, envuelto en la magia del silencio, el sol y la distancia. Y pensé que don Eduardo, también a él, (era de Solís de Mataojo) para poner esa emoción en música, tuvieron que envolverlo en su pueblito como a mí en el mío, la soledad y la distancia infinitas, quemadas por el sol de una siesta de verano.
El haber llegado a los 90, me obliga a cumplir con dos deberes. Uno, el comunicarme después de tanto tiempo con los cofrades blogeros. Y otro, el más importante, pagar una deuda de gratitud a la compañera de casi 63 años de vida.
Yo sé que los homenajes póstumos suenan como de compromiso por lo que siempre están cargados, (cuando quienes lo hacen son juez y parte) de subjetividad. Por eso pensé que lo mejor sería contar simplemente su historia de vida, para que así que se den cuenta del porqué de mi recuerdo agradecido.
Mi cumpleaños de los 90 lo festejamos con una cuchipanda homérica. Pero la que por derecho propio debió ser la invitada de honor faltó a la cita. Por muy pocos meses no llegó al 13 de Marzo; hubiéramos cumplido 63 años juntos. Cinco meses le faltaron para llegar a sus 89, y 9 para ser testigo de mis 90. Dije que faltó a la cita ese día, pero estuvo presente siempre. El primer brindis fue para ella. Se llamaba Brilda, pero después de los nietos, todos le decíamos la Yaya.
Y ahora su, nuestra historia.
Nos conocimos en la casa de su tío, al que alquilábamos con mi hermana y su marido una casilla que él tenía en su terreno. En ese entonces, yo recién había empezado a estudiar la flauta, y mi maestro me había conseguido un puesto en la banda de la Escuela Militar. Con mis 20 primaveras y como muchos de nuestra época, era bailarín compadrito y frecuentaba los bailongos de rompe y raja . Pero mi formación hogareña y seminarista, me hacía soñar, como a la Susanita de Quino, con una mamá también hogareña y hacendosa que me regalara hijitos, condición que le faltaba a mis compañeras de baile. Y, precisamente, apareció ella. Que a veces visitaba a su tío. Era una morocha que, como dice el tango, “se paraban pa mirarla”. Y yo me dije: “¡pah!, a vos misma.!”
Y en un cumpleaños familiar la saqué a bailar. Acostumbrado a bailar, como dice el tango, bien apretadito, cerrando los ojos y mezclando el aliento, quise hacer lo mismo. Pero me encontré con una barrera infranqueable. Ni muy apretadito y mucho menos mezclando el aliento. Recién al segundo o tercer tango y luego de hacer gala de mi mejor elocuencia, conseguí que nuestras frentes acortaran distancia, y vive por siempre en mi memoria el contacto tibio de su frente, y (ella era crespa) el roce fugaz en mi mejilla de uno de sus bucles. Cuando su tía se enteró de nuetro noviazgo recién nacido, le reprochó el haberse entusiasmado con un triste flautista. Ella era preciosa y merecía un mejor partido.Y tuvo razón por partida doble. Además de eso, me cayó como un rayo la enfermedad de la época, que era casi una sentencia de muerte. Lo que quiere decir, triste flautista y tuberculoso. Otra gurisa hubiera huído despavorida por temor al contagio. Ella solo pensó en ayudarme. Como había entrado en la Banda Municipal, pude ir a un sanatorio privado en Colón. Ella entonces trabajaba en una fábrica en la calle San Martín casi Millán. A las 11 salía a la carrera para no perder el 147 y así llegar a Colón, bajarse, y caminar por Lezica no sé cuantas cuadras hasta el sanatorio a llevarme la comida que me preparaba a diario. Mi hermana no siempre podía hacerlo. Yo no la dejaba acercarse y mucho menos besarme. A ella no le importaba. Y otra vez, para estar a las 13 en el trabajo, caminar hasta el ómnibus. Por suerte me curé en tiempo récord, 5 meses. Le pregunté al doctor cuándo me podía casar, y me contestó que ahora mismo. Pero esperé hasta el año siguiente. Y el 13 de Marzo de 1947, en el juzgado de Sayago y por la módica suma de 18 pesos, me la traje con libreta de propiedad incluída. Le dije que después de todo, no me había salido tan cara teniendo en cuenta que el contrato no incluía prohibiciones de ninguna índole. Fuimos a vivir con mi hermana y mi cuñado a la casa que había sido de mi maestro. Era de madera, por supuesto. La cocina era en común, los muebles, un juego de dormitorio sin lustrar, (lo hicimos después) y la heladera fabricación artesanal del que escribe, de chapa y madera con aislación de corcho. El hielo como, era común, se compraba al repartidor. Y, como corresponde, había que escribir a París para que viniera la cigüeña. Entonces, mirá las consecuencias. A vuelta de correo llegó el Santi; un parto difícil, y el resultado; un renacuajo pura cabeza. Fué su debut como mamá; y ya de entrada le sacó canas verdes a la pobre. No agarraba la teta, y la pobrecita lloraba. Después una erupción que le agarró todo el cuerpo, a la que no habiá especialista que valiera, hasta que lo curó la homeopatía. En ese entonces el hijo de mi hermana se ennovió y pensamos que seguramente más adelante había que dejar la casa. Y no queríamos pagar alquiler.
Quiso la suerte que ofrecieran en venta un terreno contiguo. Era propiedad de un señor conocido. Y con la garantía del propio terreno lo compramos en incómodas cuotas. Y empezó la aventura. Plata para edificar...de dónde... Y me acordé de la canción de don Atahualpa. "en la cumbrera ´e mi rancho, anidaron dos horneros. Y yo parezco un extraño,y el rancho parece d´eyos.” Entonces, para que el rancho pareciera nuestro, como los ladrillos eran muy caros, me inventé un molde desarmable que, modestia aparte, me quedó de película, y, con la Yaya de ayudante, (aprendió a preparar la mezcla de arena y portland para hacerlos ) nos fabricamos, uno por uno, 900 bloques. Y empezamos a hacer el nido. Por $ 7.50 saqué en el municipio un plano de vivienda modesta, y con la garantía de mi cuñado, un préstamo bancario. De manera que cobraba mis suelditos, y lo primero que hacía era pagar las cuotas. Con lo que quedaba, la Yaya solventaba los gastos caseros y si precisaba ropa se la hacía ella misma. Yo entonces fumaba. Me compré tabaco y empecé a armar bien finito. Mi suegro fue el peón voluntario al que siempre agradezco, y ella, amén de ocuparse de sus trabajos de mamá y ama de casa, se hacía tiempo para alcanzar baldes de mezcla. Aprendió a hacer hormigón y a calentar asfalto para impermeabilizar la planchada. Subía la escalera con baldes de alquitrán caliente. Santi lo recuerda.
Y bueno, después, ocho años más tarde que el Santi nació Liliana.
Y, por primera vez luego de 11 años de ama de casa fulltime, la Yaya pudo salir de Montevideo en tren de paseo. Un amigo de la orquesta, había alquilado un departamento en Piriápolis y nos lo ofreció generosamente. Pasamos una semana preciosa. Y ya que hablamos de playa, al nene que estaba crecidito y ya empezaba a mostrar la hilacha, le dió por juntar cangrejos, (eso fue en playa Verde) y cuando tuvo el baldecito a medio llenar, no encontró mejor diversión que levantarle la malla a la madre y volcárselos en el pecho, obligándola así a hacer topless y lucir, urbi et orbi, sus preciosos atributos treinta añeros. De los que la verdad sea dicha, daba más para enorgullecerse que para avergonzarse.
Pasó el tiempo; liceo, luego facultad e ingreso del Santi a la B. Municipal. Casorio y llegó Virginia, la primera nieta. Vivían en la casita que le habíamos hecho al Santi, a la que llamábamos casa de abajo. El Santi y Lucía, su primera esposa trabajaban; así que de madre pasó a ser madre-abuela. Después Liliana se casa con un compañero de facultad y aparece Emilio, el que ustedes conocen como el Risueño Fantasma de García. Y al año siguiente, (mi nena no perdía tiempo) nace Tania, la n° 3. Otra que no comía. Pero la Yaya era expeditiva. Al Santi cuando chico, si era necesario lo arrinconaba contra el tejido del fondo y le hacía tragar la avena con leche sí o sí. Y, era tiempo; llegaron las vacas bastante más gordas. Compramos un terreno en Piriápolis, levantamos una casita entre cerros, árboles y pájaros, y pudo disfrutarla en familia, a la que dedicó su vida, aguantándome y rodeada de hijos y nietos.
Después Argentina de sur a norte, Brasil, Cuba Méjico y Europa, le hicieron, nos hicieron, vivir momentos inolvidables. Su madurez fué más fácil que su juventud. Sería precioso ser creyente para así esperar el reencuentro. Pero no lo soy. Entonces creo que el mejor homenaje que puedo ofrecer a su memoria, es el compartir con ustedes la emoción de este recuerdo agradecido.



El seminario. (soy el de camisa blanca)
Pascualito
Él frecuentaba la casa de don Quico; así lo llamaban al que fué mi maestro. Y entonces le habló sobre mis deseos de estudiar. Su respuesta fue: "ese debe ser un atorrante como ustedes".
Francisco Russo, "Don Quico"

Habíamos quedado en el episodio anterior de mi formación académica, que ahora hablaría de mi ingreso a preparatorios.No iban con las mamás. Y nosotros locos de la vida.
Y si bien luego no perseveré, transitoriamente cursé preparatorios de medicina. Mi compañera de baile me dio una serie de clases invalorables. No solo de medicina. También de relaciones humanas. En lo que sigue verán porque digo esto.
En aquel tiempo el único cine que veíamos era el norteamericano. y, o eran tarados, o había una terrible censura impuesta por alguna sociedad de damas virtuosas. Todas las películas terminaban con un beso apasionado del galán de turno; podía ser Rodolfo Valentino, Ramón Novarro o alguno menos sexy. Pero tanto los besos finales como los que se repartían durante la película, eran a rigurosa boca cerrada. Así que nuestro primer beso de mi parte fue respetando los cánones establecidos; pero resulta que mi profe no los respetó y me dio la primera lección práctica. Cuando me presenté a la segunda, quedó encantada de mis progresos, pero me aconsejó no extralimitarme. Me había tomado la cosa tan en serio que estuve a un tris de extirparle las amígdalas.
Por otra parte también me apasionaba la anatomía, por lo que le pedí me la enseñara. Pero había un problema; y es que las clases las dábamos en el zaguán de su casa; y, al no haber luz, tuve que aprenderla al tacto. Aparentemente no hubo ningún inconveniente; según ella, mis aptitudes y mis progresos en la materia le causaban un enorme placer.
Cumplido entonces el ciclo de bachiller, llegó la hora de mi ingreso a la Universidad.
Entonces puesto en la disyuntiva de optar por la medicina o la música, lo hice por esta última.
Esto, claro, es capítulo aparte. Irá, si les interesa, en el próximo episodio




De modo que me ahorraba 1.10 por semana. Claro que a mi hermana no le decía nada. La quincena la daba íntegra en casa. Era lo correcto; así aprendíamos a no vivir a expensas de otros, y a sentirnos en paz con nosotros. 


Pero al año siguiente no aguanté más. Pedí para irme,(papá había muerto estando yo en el seminario) pero precisaban Ministros para el Señor y no me dejaron. Entonces me porté mal y me puse pendenciero, hasta que logré mi objetivo. 
Y llegó el momento de dejar el pueblo; solo estábamos Adela y yo. Mis otras hermanas, la tía Catalina y todos los primos, vivían en Montevideo. La crisis (en ese tiempo también las había) estaba en su máximo esplendor. Entonces me colocaron en la Escuela al aire libre, en Ocho de Octubre entre Larrañaga y Propios. Ahora son L.A.de Herrera y B. y Ordóñez. Para que no haya resentimientos. Teníamos desayuno, almuerzo y merienda. Me pusieron en 5°, que era el grado más alto. En una oportunidad la maestra preguntó que era la gramática. Levanté la mano; y: la gramática se compone de prosodia, analogía, sintaxis y ortografía. Se quedaron estupefactos; maestra incluida. Mi ego creció no sé cuantos metros. La verdad, yo tampoco la tenía muy clara.


Pero la primera carrera era de debutantes; así que los catedráticos estábamos fritos. Después del paseo preliminar le jugué por la pinta a Avance, un tordillo precioso. Pero le ganó un overo, Oro 18. Por suerte. Aunque no creo que me volviera adicto. No tengo alma de timbero. Como ven, mi formación era inobjetable. Especialmente la gramatical. Tuve otra experiencia, esa sí provechosa. El clandestino que levantaba juego en el boliche, un día me dijo: "botija; faltan diez guitas para completar diez mangos; vos ponés el número y yo la plata. Si sacamo vamo a media." Entonces me acerqué al contador de la luz. Terminaba la cifra en 82. Cualquier tipo normal hubiera elegido ese número. Están arreglados; he aquí mi idea brillante: 8 - 2 =6. 6 y 2, 62. juéguele al 62. Y salió a la cabeza- Quedé famoso. . Y con mi bagage ¿o bagaje? de conocimientos, pasé de grado. Pero eso es capítulo aparte- 
No sabíamos si ellas se resistían o estaban locas de la vida.
Acá la cosa era distinta. Estos eran valientes ingleses que con patente de corso luchaban heroicamente contra los enemigos de la rubia (¿pérfida?) Albión. No sé quién fue, si Isabel o Victoria, (no estoy seguro, pero dicen que una de las dos nunca perdió la frikinidad,) quien confirió al delincuente W. Raleigh el título de sir. 

A la hora del recreo éramos todos caballeros andantes. Pero nos asombraba que a un caballero templario, (defensor juramentado de la única religión verdadera) cuando se encontraba con Rebeca, judía ella, mientras Satanás se frotaba las manos, él sentía que le volaba la armadura; (ojo; estoy hablando de su atuendo defensivo) y perdía la compostura sin importarle la salvación de su alma.